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Conducir la globalización, un reto ético y moral

No podemos negar, que las últimas décadas han estado marcadas por una serie de transformaciones económicas, políticas, sociales, culturales y ambientales. Se ha consolidado la hegemonía de la concepción capitalista basada en una profunda  revolución tecnológica y científica. 

Sin embargo, esta globalización no es la primera que ha vivido la humanidad. Para Salvador Arias, la globalización no es un proceso nuevo, lo observamos, desde la Edad Media en la que los comerciantes buscaban la manera de vender y comprar más lejos, y bajo está dinámica de la oferta, las globalizaciones han estado relacionadas con los avances tecnológicos en el transporte, comunicaciones, métodos de producción y en la generación de nuevos productos.[1] El escritor Jorge Semprún dice, que prefiere no remontarse al descubrimiento de América en 1492 como lo han hecho otros autores[2], sino al siglo XIX, y cita a Marx, afirmando que el fue uno de los primeros en visualizar los procesos de globalización, al exponer sobre la novedad que implicaba la industrialización del mundo, la difusión de las técnicas de producción y lo que él llama, la estrechez nacional provocada por el establecimiento del mercado mundial. En diciembre de 1.858, en una carta excepcional dirigida a Engels, Marx hace el balance de su trabajo, “El Capital” y dice “está claro que la burguesía está experimentando un nuevo renacimiento, un nuevo siglo, porque ahora el mercado mundial existe de verdad. Con la apertura de California y de Japón al mercado internacional, la mundialización es un hecho. Por eso la revolución es inminente”.[3]

Otros, como el español Joaquín Estefanía, sostienen que el primer proceso de globalización se dio entre 1870 y 1914 de manera tan intensa como la actual, en el que se industrializó el norte y el sur se desindustrializó.[4] Es decir, el siglo XX comenzó con una integración mundial de los mercados de bienes, servicios, trabajo y capital y, tras décadas siniestras la globalización dio marcha atrás y se produjeron conflictos mundiales y la Gran Depresión, de acuerdo a Guillermo de la Dehesa.[5] 

A partir de la Segunda Guerra Mundial, se da un proceso de acumulación de capital concentrado en los países desarrollados y fundamentalmente en aquellos que ganaron la contienda bélica, en la que los grandes grupos económicos aceleran su poder y concentración extendiéndola más allá de sus fronteras debido a lo reducido de sus mercados nacionales o locales. Este proceso generó un enfriamiento de la economía a finales de la década de los sesenta y a principios de los setenta. En la década de los ochenta, gracias al dominio político, económico e ideológico de Estados Unidos, secundado por el Reino Unido se impone un modelo neoliberal mucho más intensivo en cambios gracias al avance tecnológico y de la información, impulsando una serie de transformaciones, sobre todo en el aspecto económico.

En la última década del siglo XX, en la que se profundiza en las reformas neoliberales, se “descubre” que este proceso no siempre trae consecuencias positivas de la manera que se ha concebido y desarrollado. Se observa, la existencia de “dos globalizaciones”, la de los que tienen recursos y poder, y la de los excluidos o en términos sencillos, la de los “ganadores y perdedores” que al fin y al cabo desarrollan sus actividades en una globalización llena de “libertades” (las comillas son mías) como defiende Guillermo de la Dehesa[6]. En definitiva, los dos procesos de globalización, el iniciado a finales del XIX y el de mediados del XX, no han sido más que la culminación a escala planetaria del proceso de expansión capitalista[7], como sostiene José María Vidal Villa, y por ende la actual globalización no es un proceso aislado que se ha desarrollado por sí solo, sino más bien es producto de una serie de transformaciones de diversa índole que se han venido introduciendo en el mundo a lo largo del tiempo y qué como es obvio, han generado convergencias entre los países relativamente desarrollados y ricos, pero han aumentado las diferencias entre éstos y los relativamente pobres.

Por lo tanto, no se puede desde nuestra perspectiva creer que el actual proceso de globalización es el final de un proceso histórico al que se dirigirán todas las sociedades y economías del mundo. La incertidumbre respecto del final de este conjunto de transformaciones conducidas bajo un neoliberalismo “salvaje” y que pretende que el mercado regule todas las actividades humanas constituye, la gran incógnita del mundo actual.  Por el contrario, el reto de la construcción y en algunos casos de dar continuidad y hasta profundizar en modelos que generen nuevas condiciones de desarrollo económico para todo el planeta, nos pertenece por obligación política, social y hasta moral.

Paúl Granda L.


[1] ARIAS, SALVADOR: “Globalización económica y modelo de acumulación”, Revista Utopías, Madrid, 1997.

[2] Aldo Ferrer sostiene que la globalización es un fenómeno con historia que tiene una antigüedad de cinco siglos, al remontar su inicio a los grandes viajes de la última década del siglo XV. FERRER, ALDO: “América Latina y la globalización”, Revista de la CEPAL, número extraordinario, octubre de 1998, pág. 155.

[3] SEMPRUN, JORGE: “La globalización como un proceso histórico”, Seminario: Globalización e identidad cultural, Comisión Progreso Global, Rabat, Abril de 1998.

[4] ESTEFANIA, JOAQUIN (2000): Aquí no puede ocurrir: el nuevo espíritu del capitalismo, Editorial Taurus, Madrid, pág. 23.

[5] DE LA DEHESA, GUILLERMO (2000): Comprender la Globalización, Alianza Editorial, Madrid, pág. 14.

[6] Ibidem: pág. 18.

[7] VIDAL VILLA, JOSÉ MARÍA (1998): Mundialización, Editorial Icaria, Barcelona, pág. 24.

 

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