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El Despertar de la Codicia

En los últimos quince años, varios países de América Latina han vivido procesos políticos que han tenido como resultado, el ascenso al poder de proyectos progresistas y revolucionarios, consecuencia de grandes reivindicaciones, movilizaciones y decepciones sociales históricas contenidas por décadas. 

En este contexto, se debe comprender el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela (1998) que representó, no solamente el fin de un gobierno neoliberal de Carlos Andrés Pérez, sino también la ruptura básica en el pensamiento revolucionario de América Latina, que consideraba a la lucha armada como única vía posible para la toma del poder y para alcanzar la transformación social.  Si bien los partidos revolucionarios, en sus participaciones electorales, habían obtenido éxitos relativos, no se veía posible alcanzar el poder por la vía electoral.

Este hito permitió una cadena de triunfos de sectores de izquierda, revolucionarios y ciudadanos que instaló gobiernos de cambio por todo nuestro Continente. En abril de 2003, Néstor Kirchner es proclamado Presidente de Argentina cuando Carlos Menem retiró su candidatura luego de la primera vuelta electoral; al año siguiente, el 31 de octubre de 2004, Tabaré Vázquez y el Partido Socialista-Frente Amplio ganó las elecciones en Uruguay con el 50,5% de los votos; catorce meses después, el 18 de diciembre de 2005, Evo Morales gana las elecciones en Bolivia con un aplastante 53,7%; en el Brasil, el Partido de los Trabajadores venía pulsando por alcanzar el poder hasta que Ignacio Lula da Silva lo logró en los comicios de noviembre de 2006, luego de tres participaciones electorales; ese mismo año, el día 5 de noviembre de 2006, el Movimiento Sandinista triunfó en las urnas, nuevamente Daniel Ortega asumió la presidencia de Nicaragua después de dieciséis años fuera del gobierno que el FSLN tomó por las armas en 1985; y en nuestro país, Ecuador, el mismo año 2006, el 26 de noviembre, ganó por primera vez Rafael Correa con “La Revolución Ciudadana”.   Finalmente, el 20 de abril de 2008, Fernando Lugo triunfó en las elecciones en Paraguay; finalmente el 15 de marzo de 2009 ganó Mauricio Funes en El Salvador[1]

Capítulo aparte, merece el caso chileno. En el 2000, Ricardo Lagos es el primer socialista en ganar unas elecciones en Chile, luego de la dictadura del militar Augusto Pinochet que derrocó a Salvador Allende en 1972, con la acostumbrada participación de los Estados Unidos en el control de los escenarios políticos en América Latina y el Caribe, como dice, Peter Kornbluh en su libro “Los Estados Unidos y el derrocamiento de Allende, una historia desclasificada”, ya sea mediante injerencia directa en los aparatos militares y policiales de nuestros países, con los cuales tramaba y llevaba a cabo golpes de Estado y/o a través de una  deslegitimación sistemática de los gobiernos conocidos como los “golpes suaves”. 

En la Chile de Allende, se implementó las dos estrategias de manera paralela, al punto que el Presidente Nixon, dos días después de la posesión del Presidente chileno, convocó al Consejo de Seguridad Nacional en pleno para discutir las formas de “provocar su derrocamiento”. “Queremos hacerlo bien y queremos derrocarlo”, declaró el secretario de Estado William Roger, el 6 de noviembre de 1970 en el curso de aquella reunión.[2]   En el 2006, triunfa nuevamente una socialista, Michelle Bachelet con una gran diferencia sobre el pinochetismo consolidando la presencia progresista en este país, incluyendo un nuevo triunfo en el 2014.  Es decir, en once años, desde 1998 a 2009, diez gobiernos revolucionarios y progresistas se instalaron, por voluntad popular y respetando las vías de la democracia formal, en nuestro Continente, los cuales en su mayoría han sido ratificados por el pueblo.

Hoy, estamos frente a una gran encrucijada, la izquierda progresista se enfrenta a una derecha que ha reaccionado y lo ha hecho con organización y estrategia definida, en la mayoría de casos utilizando todo tipo de herramientas, incluso inmorales e ilegitimas. El objetivo, recuperar el poder, cueste lo que cueste.  El esquema de la América Latina progresista, no favorece sus intereses y se resiste al dominio del capital y de los grupos de poder.  

Es evidente, que la lucha ha iniciado y que las consecuencias no se pueden medir, estamos frente a un nuevo intervencionismo irresponsable, al servicio de la codicia y del individualismo.


[1] Estos procesos se han consolidado  en los últimos años. En la Argentina con el triunfo de Cristina Fernández de Kirchner (2007); en el Uruguay José Mujica (2010) y la reciente  elección de Tabaré Vázquez (2014); en Bolivia con la reelección de Evo Morales cuyo mandato termina en el 2019; en Brasil con la elección y reelección de Dilma Rousseff (2010 y 2014); y, en el Ecuador con la elección de Rafael Correa en el 2013.

[2] En Kornbluh, Peter. Los Estados Unidos y el derrocamiento de Allende, una historia desclasificada, Crónica Actual, 2003, refiriéndose al derrocamiento de Salvador Allende en Chile dice: “aquella escueta orden de Nixon respecto de Chile, registrada por el Director de la CIA en ese entonces, Richard Helms, no era única y sin precedentes. La historia política estadounidense para América Latina muestra que durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX los presidentes de los EEUU a menudo autorizaron acciones militares desembozadas para deponer a aquellos gobiernos considerados indeseables para los intereses económicos y políticos.” Pág. 14 y 73.